Nací en la Villa, y voy a morir en la Villa
Sergio Rodríguez
Comienzo
Noche de otoño.
Las sombras caían sobre la villa. No sólo era luz otoñal, caían también, en los
rostros de esa ocasión. Lo extraño me invadía, a ellos también. Paredes
descascaradas o desnudas de revoques pero no de vírgenes, santos o Cristos. Algunas
fotos de familia. Una se destacaba especialmente, pero de ella hablaré en otra ocasión.
El Pastor era casi, uno de ellos, pero
algo más. La burla, a punto de estallar. Pero siempre antes, una severa
observación del casi burlado, la contenía. Más bien, era un Padre de afuera.
Él los había ayudado y mucho, cuando ellos - criaturas aún - salían a
cartonear, allá por el fatídico 2001. En ese clima, yo era: “el psicólogo”.
Ropa austera, pero distinta. No era de marca como las zapatillas “truchas” o no
y las gorras de ellos, pero sí, más cara.
El dintel de entrada,
se encontraba defendido de las no poco habituales inundaciones, con una pared
de ladrillos de unos 20 cm. Por fuera, y aposentado en una silla, un bello y
joven rostro masculino. Oscuro, con tonalidades cetrinas, adusto, con la mano
derecha envuelta por la izquierda, sentado, la espalda encorvada, los brazos
flexionados. Esas dos manos no dejaban de refregarse, nerviosas. Sólo paraban
para recibir un mate, o hacerlo circular. La mirada abstraída, casi perdida.
La voz del señor
La reunión fue
desenvolviéndose de un modo anárquico, no había hilo en lo que se decía. Ni por qué,
hubiera tenido que estar reunida esa familia. Se saltaba espasmódicamente de un tema
a otro sin la mínima jerarquización necesaria. Ni siquiera ocurría como suele
ocurrir a veces con algunas que deslizan, hiladas por un relato
de hechos, eslabonados sólo por algún
disparador vecino en la cronología. Situaciones, parentescos, amistades que
despiertan recuerdos. Había un saltar “loco” de un tema a otro. Hasta que el
Pastor – imperativo - le empezó a preguntar a cada uno como andaba de, o en el
trabajo. Como un milagro caído del cielo, cada uno de los “hijos”, comenzó a
relatar sus alternancias en la cuestión. Tres de ellos, José el de mirada
adusta, el Bebe y “el” Huberto, del que hablaré en otro artículo, trabajaban de
carpinteros en pequeñas carpinterías, “pymes” en el lenguaje actual. El Bebe,
más estable, llevaba unos tres años haciéndolo de lustrador. Los otros dos,
estrechos compañeros en diferentes procesos de la preparación de mesas y sillas,
hacía un año que trabajaban en otro taller. La conversación se fue ordenando en
función de míseras defraudaciones que el patrón de estos últimos les hacía a
sus obreros al momento del pago. Por ejemplo, liquidándoles menos horas que las
que habían trabajado. Defraudaciones que hacía ejecutar a su propia hija, la
encargada de pagar. Se discutió un rato, sobre por qué ellos consideraban imposible
defenderse. José, asentido por Huberto, relató una vez en que se pusieron todos
de acuerdo para hacerlo y lo mandaron a él de delegado a conversar con los
patrones. Y después, lo dejaron solo en la gestión. Ahí entendí algo que supe
siempre, las diversas acepciones del giro idiomático porteño: “mandar
al frente” (2). En la jerga de José, la experiencia había transcurrido con
dolor, temor, y bronca. Lo peor era, que le había dejado tal gusto amargo, que consideraba
mejor no intentarla otra vez.
Un pulgar y un alma, amputadas
Conversando sobre
esa cuestión, mi mirada resultaba cada vez más atraída por el restregarse
nervioso de las manos de José. En un momento advertí, que en lugar del pulgar y
su raíz muscular, había sólo una gran cicatriz todavía no totalmente curada.
Pregunté y la respuesta, en medio de sus risotadas y sonrisas acompañantes del
resto de los jóvenes, fue: -“me lo hice
con la máquina”. Luego, en medio de chistes y risas, relató el dramático
acontecimiento. Huberto como en aquel momento, lo acompañaba con los gestos y
una sonrisa de tan buenaza, casi boba. En
un descuido, la mano le quedó atrapada. Por suerte la reacción rápida de
Huberto apagando el motor, había evitado que perdiera toda la mano. Pero el
pulgar y su músculo para plegarlo hacia adentro y oponerlo a los otros dedos,
se perdieron. Rápidamente lo llevaron al hospital donde lo operaron e iniciaron
el proceso de cicatrización y recuperación. Llevaron también el dedo, envuelto en una gasa, pero los médicos les dijeron que ya estaba inutilizable. En medio del nerviosismo y las
risotadas, la conversación del grupo giró hacia qué podía hacer José ante semejante
pérdida. Él comenzó el relato de las gestiones que estaba llevando adelante
tratando de sobreponerse a todos los obstáculos que la ART le ponía para cobrar
el seguro por accidente. En su transcurso contaba diferentes alternativas que
se iban produciendo desde su retorno al trabajo una vez terminada la licencia
por accidente. Se me fue haciendo evidente, que con la discapacidad sufrida y el
acelere que lo afectaba, se acentuaba el peligro de tener un daño. Se lo
advertí y le planteé que me parecía necesario que cambiara de ocupación.
¿Y los nombres que se hicieron?
Lejos de
aceptarlo, me miró, nos miró desafiante, se irguió del asiento, pegó con el
puño recién cicatrizado en la palma de la otra mano y levantando la voz con
sonrisa triunfante, dijo: -“nací carpintero
y voy a morir carpintero”.
Dos recuerdos se
me cayeron encima. Se llamaba José, como el carpintero casado con la madre de
Jesucristo. Una de sus manos supo del rigor del metal atravesándola como lo
supo la de aquel en la cruz. Aunque en lugar de metal, los clavos hayan sido de
madera más dura que la de la cruz donde lo clavaban. También recordé a una de
las chicas, que en otra reunión y ante la sugerencia de que tenía condiciones
de posibilidad para mudarse de la villa y estar mejor, también había exclamado
orgullosa: -“nací en la villa y voy a
morir en la villa”. Se me hizo evidente, cómo su amor propio se refugiaba
en sus únicas posesiones. La transmisión que podía significar un
nombre hecho con su trabajo. Y enarbolar con orgullo, su lugar de nacimiento. Las carencias que en él, la villa los
acosan, también los representan.
El despeñadero
Con el pasaje del
tiempo, el dolor, el enojo, el acelere, se le fueron tornando bajón.
Regularmente iba “al centro” para que lo revisara el perito médico de la ART,
que regularmente también, lo dejaba plantado. Los fines de semana, se
“deliraba” los dineros ganados en el trabajo, con los amigos, cervezas y
chicas. Muchas de esas treguas, terminaban en peleas con otras barras o con los
patovicas de seguridad en la bailanta de la ruta. Tenía una novia, hija y
hermana de unos dealers[1], algunos presos,
otros sueltos. También iba y volvía con la joven histérica más famosa del
barrio, que llevaba por nombre el de la aldea donde había nacido Cristo. Era
famosa por su costumbre de seducir a aquellos muchachos que se hubieran metido
recientemente con alguna vecina conocida. Faltaba frecuentemente al trabajo. En
ese contexto José, 22 años dejó embarazada a su novia Bruma, de 16. Mientras,
Belén lo acosaba y la ART lo “pedaleaba”. Él decía no amar a Bruma, pero quería
tener a la criatura, que ella quería abortar, insegura del amor de él y al
tanto por canales informales que la mantenía, informada, de las escapadas con la hermosa histérica. Él, a pesar de no estar enamorado, quería tener la criatura. "No quería ser uno de esos irresponsables que abortan lo que contribuyeron a
concebir”
¿No ser como el padre?
Él no fue
abortado, incluso fue el hijo preferido, pero de un padre que prontamente lo
abandonó para rodar de cama en cama de otras mujeres, hasta que la cama de la
esposa de un oficial de “la bonaerense” lo hizo ir a dar con sus huesos en las
vías de un tren que pasaba. Nadie lo lamentó, pues tenía fama de violador (violín, como decían sus hijos, en la
jerga del presidio).
El embarazo, se
le había transformado a José en una obligación moral, aún cuando su consejero
espiritual intentaba disuadirlo de la misma. ¿Lo habitaba el deseo de
reforzarse como hombre, haciéndose padre, un buen padre? Seguía las “escapadas”,
a pesar de la advertencia de la madre que lo único que buscaba la “otra”, era
hacerlo pelear con Bruma, cosa que él sabía. La madre estaba además preocupada,
asustada, porque se sabía que hermanos de Bruma andaban buscando la ocasión, para
matarlo. Después de un tiempo, cedió esa tensión. Más adelante y en la medida
que se acercaba un acuerdo desfavorable pero accesible en la mediación con la
ART, la madre agregaba a su advertencia, la apetencia de la habitante no virgen
del nombre Belén por la indemnización que José finalmente obtendría. Las peleas
con Bruma, aumentaban de voltaje, a veces había golpes. La mirada de ella
siempre triste, cada vez más, se volvía de párpados entornados y nubarrones
envolventes. Era muy difícil arrancar una sonrisa de su rostro. Él, finalmente
perdió el trabajo y se refugió en la espera de la indemnización. Tratábamos de
inducirlo a que con lo que cobrara, se pusiera un taller de lustrado. Hacía
falta en la zona. Él dudaba. La madre le advertía sobre el peligro que significaban
diferentes parásitos que lo rodeaban. No sólo “la Belén”, lo esquilmarían
aprovechándose de su “bondad”. “Bondad” que era un bastión, para poder quererse
y respetarse.
Finalmente
Hermano mayor,
hijo de una madre presente pero que repetía siempre que a la única que había
querido tener, era a la hija menor. O sea, para la que él no entraba en la
cuenta de su deseo aunque luego haya resultado el preferido de su goce materno.
De un padre, que aunque ayudó a criarlo en los primeros años, no le “dio su
apellido” pero sí el oficio de carpintero. Con el sobrepeso a los 16 años, de haber
sido el mayor de una hermandad de "cartoneros". Luego, ya carpintero, producto
vaya a saber de qué, quedar discapacitada la mano que funcionaba como principal
herramienta en su oficio. Luego, embarazando a una “novia” que no amaba y
trajinado por una histérica que lo había tomado como objeto de su goce de dejar insatisfecho a los
deseos. El alcohol disolvía los fines de semana tanta tristeza, dándole una tregua
transitoria. No sin los peligros de peleas que tenían como única lógica
desplazar los enojos acumulados en cada
semana por maltratos patronales, traiciones de los compañeros, recriminaciones
de madre, hermanas y novia traicionada, peligro de hermanos con intenciones de
matarlo. Y finalmente, maltratado por su histérica preferida.
Pero se sostenía
de su mayor orgullo y dicho más importante –"nací
en la villa y villero moriré".
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