miércoles, 15 de abril de 2015

Yo naci

Nací en la Villa, y voy a morir en la Villa  
Sergio Rodríguez

Comienzo
Noche de otoño. Las sombras caían sobre la villa. No sólo era  luz otoñal, caían también, en los rostros de esa ocasión. Lo extraño me invadía, a ellos también. Paredes descascaradas o desnudas de revoques pero no de vírgenes, santos o Cristos. Algunas fotos de familia. Una se destacaba especialmente, pero de ella hablaré en otra ocasión.  El Pastor era casi, uno de ellos, pero algo más. La burla, a punto de estallar. Pero siempre antes, una severa observación del casi burlado, la contenía. Más bien, era un Padre de afuera. Él los había ayudado y mucho, cuando ellos - criaturas aún - salían a cartonear, allá por el fatídico 2001. En ese clima, yo era: “el psicólogo”. Ropa austera, pero distinta. No era de marca como las zapatillas “truchas” o no y las gorras de ellos, pero sí, más cara.
El dintel de entrada, se encontraba defendido de las no poco habituales inundaciones, con una pared de ladrillos de unos 20 cm. Por fuera, y aposentado en una silla, un bello y joven rostro masculino. Oscuro, con tonalidades cetrinas, adusto, con la mano derecha envuelta por la izquierda, sentado, la espalda encorvada, los brazos flexionados. Esas dos manos no dejaban de refregarse, nerviosas. Sólo paraban para recibir un mate, o hacerlo circular. La mirada abstraída, casi perdida.

La voz del señor
La reunión fue desenvolviéndose de un modo anárquico, no había hilo en lo que se decía. Ni por qué, hubiera tenido que estar reunida esa familia. Se saltaba espasmódicamente de un tema a otro sin la mínima jerarquización necesaria. Ni siquiera ocurría como suele ocurrir a veces con algunas que deslizan, hiladas por un relato de hechos,  eslabonados sólo por algún disparador vecino en la cronología. Situaciones, parentescos, amistades que despiertan recuerdos. Había un saltar “loco” de un tema a otro. Hasta que el Pastor – imperativo - le empezó a preguntar a cada uno como andaba de, o en el trabajo. Como un milagro caído del cielo, cada uno de los “hijos”, comenzó a relatar sus alternancias en la cuestión. Tres de ellos, José el de mirada adusta, el Bebe y “el” Huberto, del que hablaré en otro artículo, trabajaban de carpinteros en pequeñas carpinterías, “pymes” en el lenguaje actual. El Bebe, más estable, llevaba unos tres años haciéndolo de lustrador. Los otros dos, estrechos compañeros en diferentes procesos de la preparación de mesas y sillas, hacía un año que trabajaban en otro taller. La conversación se fue ordenando en función de míseras defraudaciones que el patrón de estos últimos les hacía a sus obreros al momento del pago. Por ejemplo, liquidándoles menos horas que las que habían trabajado. Defraudaciones que hacía ejecutar a su propia hija, la encargada de pagar. Se discutió un rato, sobre por qué ellos consideraban imposible defenderse. José, asentido por Huberto, relató una vez en que se pusieron todos de acuerdo para hacerlo y lo mandaron a él de delegado a conversar con los patrones. Y después, lo dejaron solo en la gestión. Ahí entendí algo que supe siempre, las diversas acepciones del giro idiomático porteño: “mandar al frente” (2). En la jerga de José, la experiencia había transcurrido con dolor, temor, y bronca. Lo peor era, que le había dejado tal gusto amargo, que consideraba mejor no intentarla otra vez.

Un pulgar y un alma, amputadas
Conversando sobre esa cuestión, mi mirada resultaba cada vez más atraída por el restregarse nervioso de las manos de José. En un momento advertí, que en lugar del pulgar y su raíz muscular, había sólo una gran cicatriz todavía no totalmente curada. Pregunté y la respuesta, en medio de sus risotadas y sonrisas acompañantes del resto de los jóvenes, fue: -“me lo hice con la máquina”. Luego, en medio de chistes y risas, relató el dramático acontecimiento. Huberto como en aquel momento, lo acompañaba con los gestos y una sonrisa de tan buenaza,  casi boba. En un descuido, la mano le quedó atrapada. Por suerte la reacción rápida de Huberto apagando el motor, había evitado que perdiera toda la mano. Pero el pulgar y su músculo para plegarlo hacia adentro y oponerlo a los otros dedos, se perdieron. Rápidamente lo llevaron al hospital donde lo operaron e iniciaron el proceso de cicatrización y recuperación. Llevaron también el dedo, envuelto en una gasa, pero los médicos les dijeron que ya estaba inutilizable. En medio del nerviosismo y las risotadas, la conversación del grupo giró hacia qué podía hacer José ante semejante pérdida. Él comenzó el relato de las gestiones que estaba llevando adelante tratando de sobreponerse a todos los obstáculos que la ART le ponía para cobrar el seguro por accidente. En su transcurso contaba diferentes alternativas que se iban produciendo desde su retorno al trabajo una vez terminada la licencia por accidente. Se me fue haciendo evidente, que con la discapacidad sufrida y el acelere que lo afectaba, se acentuaba el peligro de tener un daño. Se lo advertí y le planteé que me parecía necesario que cambiara de ocupación.

¿Y los nombres que se hicieron?
Lejos de aceptarlo, me miró, nos miró desafiante, se irguió del asiento, pegó con el puño recién cicatrizado en la palma de la otra mano y levantando la voz con sonrisa triunfante, dijo: -“nací carpintero y voy a morir carpintero”.
Dos recuerdos se me cayeron encima. Se llamaba José, como el carpintero casado con la madre de Jesucristo. Una de sus manos supo del rigor del metal atravesándola como lo supo la de aquel en la cruz. Aunque en lugar de metal, los clavos hayan sido de madera más dura que la de la cruz donde lo clavaban. También recordé a una de las chicas, que en otra reunión y ante la sugerencia de que tenía condiciones de posibilidad para mudarse de la villa y estar mejor, también había exclamado orgullosa: -“nací en la villa y voy a morir en la villa”. Se me hizo evidente, cómo su amor propio se refugiaba en sus únicas posesiones. La transmisión que podía significar un nombre hecho con su trabajo. Y enarbolar con orgullo, su lugar de nacimiento. Las carencias que en él,  la villa los acosan, también los representan.

El despeñadero
Con el pasaje del tiempo, el dolor, el enojo, el acelere, se le fueron tornando bajón. Regularmente iba “al centro” para que lo revisara el perito médico de la ART, que regularmente también, lo dejaba plantado. Los fines de semana, se “deliraba” los dineros ganados en el trabajo, con los amigos, cervezas y chicas. Muchas de esas treguas, terminaban en peleas con otras barras o con los patovicas de seguridad en la bailanta de la ruta. Tenía una novia, hija y hermana de unos dealers[1], algunos presos, otros sueltos. También iba y volvía con la joven histérica más famosa del barrio, que llevaba por nombre el de la aldea donde había nacido Cristo. Era famosa por su costumbre de seducir a aquellos muchachos que se hubieran metido recientemente con alguna vecina conocida. Faltaba frecuentemente al trabajo. En ese contexto José, 22 años dejó embarazada a su novia Bruma, de 16. Mientras, Belén lo acosaba y la ART lo “pedaleaba”. Él decía no amar a Bruma, pero quería tener a la criatura, que ella quería abortar, insegura del amor de él y al tanto por canales  informales que la mantenía, informada,  de las escapadas con la hermosa histérica. Él, a pesar de no estar enamorado, quería tener la criatura. "No quería ser uno de esos irresponsables que abortan lo que contribuyeron a concebir”

¿No ser como el padre?
Él no fue abortado, incluso fue el hijo preferido, pero de un padre que prontamente lo abandonó para rodar de cama en cama de otras mujeres, hasta que la cama de la esposa de un oficial de “la bonaerense” lo hizo ir a dar con sus huesos en las vías de un tren que pasaba. Nadie lo lamentó, pues tenía fama de violador (violín, como decían sus hijos, en la jerga del presidio).
El embarazo, se le había transformado a José en una obligación moral, aún cuando su consejero espiritual intentaba disuadirlo de la misma. ¿Lo habitaba el deseo de reforzarse como hombre, haciéndose padre, un buen padre? Seguía las “escapadas”, a pesar de la advertencia de la madre que lo único que buscaba la “otra”, era hacerlo pelear con Bruma, cosa que él sabía. La madre estaba además preocupada, asustada, porque se sabía que hermanos de Bruma andaban buscando la ocasión, para matarlo. Después de un tiempo, cedió esa tensión. Más adelante y en la medida que se acercaba un acuerdo desfavorable pero accesible en la mediación con la ART, la madre agregaba a su advertencia, la apetencia de la habitante no virgen del nombre Belén por la indemnización que José finalmente obtendría. Las peleas con Bruma, aumentaban de voltaje, a veces había golpes. La mirada de ella siempre triste, cada vez más,  se volvía de párpados entornados y nubarrones envolventes. Era muy difícil arrancar una sonrisa de su rostro. Él, finalmente perdió el trabajo y se refugió en la espera de la indemnización. Tratábamos de inducirlo a que con lo que cobrara, se pusiera un taller de lustrado. Hacía falta en la zona. Él dudaba. La madre le advertía sobre el peligro que significaban diferentes parásitos que lo rodeaban. No sólo “la Belén”, lo esquilmarían aprovechándose de su “bondad”. “Bondad” que era un bastión, para poder quererse y respetarse.

Finalmente
Hermano mayor, hijo de una madre presente pero que repetía siempre que a la única que había querido tener, era a la hija menor. O sea, para la que él no entraba en la cuenta de su deseo aunque luego haya resultado el preferido de su goce materno. De un padre, que aunque ayudó a criarlo en los primeros años, no le “dio su apellido” pero sí el oficio de carpintero. Con el sobrepeso a los 16 años, de haber sido el mayor de una hermandad de "cartoneros". Luego, ya carpintero, producto vaya a saber de qué, quedar discapacitada la mano que funcionaba como principal herramienta en su oficio. Luego, embarazando a una “novia” que no amaba y trajinado por una histérica que lo había tomado como objeto de su goce de dejar insatisfecho a los deseos. El alcohol disolvía los fines de semana tanta tristeza, dándole una tregua transitoria. No sin los peligros de peleas que tenían como única lógica desplazar los enojos  acumulados en cada semana por maltratos patronales, traiciones de los compañeros, recriminaciones de madre, hermanas y novia traicionada, peligro de hermanos con intenciones de matarlo. Y finalmente, maltratado por su histérica preferida.
Pero se sostenía de su mayor orgullo y dicho más importante –"nací en la villa y villero moriré".     








[1] Traficantes de droga al por menor, en pequeños territorios.
[2] Argentinismo equivalente a: ser tomado por tanto y usado. 

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