Por:
Sergio Rodríguez
Era
enorme. ¡El más grande!. Pelo blanco, totalmente blanco. De grandes bigotes
también blancos. Barba mal afeitada, canutos blancos. Cuando me levantaba y me
besaba, a pesar de que yo doblaba el cogote lo más que podía para qué no me raspara, me
raspaba con suavidad pero me dolía igual. Pero, a pesar de su cara de lija, cuánto lo
quería!. Cuando tenía mi cuello lo más estirado y lejos posible, aprovechaba y
me hacía cosquillas con sus bigotazos. Que orgulloso me sentía cuando me venía
a buscar para llevarme a pasear. Él casi no hablaba. Eso sí, me decía Pichi.
Pichi Pichi. Me tomaba de mi mano que se
perdía en la suya y me llevaba a ver pasar los trenes. Caminábamos en silencio.
Sólo se oía, el silbar de su pecho. Como un adelanto de lo que luego iba a escuchar
de las locomotoras. Miraba siempre adelante, triste, pero siempre adelante. Su
mirada se perdía lejos, muy lejos. Yo no sabía adonde. Hoy recuerdo y creo que
se perdía en su amada Sevilla que nunca más volvió a ver. Caminaba despacioso.
Ahora me doy cuenta que seguía mis pasitos y los de su asma. Seguro, me apretaba la mano de la que me
llevaba para evitar sorpresas de chico y yo sentía sus huellas agrietadas por
la cal. Mi abuelo era albañil.
Caminábamos por la subida de Brasil. El trote cansino de los percherones tirando de los carros cargados de carbón, el ruido hueco de sus cascos sobre el empedrado y ese olor inconfundible de mucho Coke quemado. Qué curioso. Él y mi abuela decían carbón de coque y hasta muy grande, 20 años o más, yo creí que a la planchita de hierro mi abuela la calentaba en carbón de coco. Tardé mucho en relacionar el coque de ellos con el Coke de los ingleses. El peñón se metía en el medio.
Finalmente
llegábamos al viejo puente de metal, bah yo creía que era viejo –vaya a saber-.
Nos parábamos, mis narices contra el enrejado entretejido. Parecido al de
madera de la casa de la tía Antonia. Mirábamos pasar los trenes. Su mano no
aflojaba la mía. Iban y venían, sonaban los pitos de las locomotoras y el
tacatac, tacatac, tacatac, tacatac, al compás de las bielas de las locomotoras.
Una vez él, mirando una mucho más chica
que tenían dentro de una vitrina de vidrio en el hall central de la estación
Constitución, me dijo que no era un juguete como yo quería, sino una maqueta y
que lo que yo creía que era su brazo se llamaba biela. Por eso desde muy chico
supe que eran: maqueta y biela. Ninguno de mis compañeritos de la primaria lo
supieron hasta que fueron mucho más grandes. Y yo orgulloso, usaba cada vez que
podía las palabras biela y maqueta.
Y
cuando pasaban los trenes aspirábamos largas bocanadas de humo negro y olíamos
ese olor que largaban tan de abuelo. Mientras, yo sentía vibrar el piso del
puente bajo mis pies. Pero no me asustaba, me sentía seguro. Mi abuelo me tenía
de su mano.
Pero
mi abuelo se murió. Era el invierno de 1944, mi abuelo estaba triste. Otra vez en
Europa los hombres se mataban. Y en su Sevilla y el resto de España, ondeaba la bandera de Franco. Había
perdido la franja morada de la República. Se ve que para él todo eso era muy
importante. Porque mi abuelo no podía dejar de estar triste. Se ahogaba en su
tristeza, hasta que el ahogo duró tantos días que su corazón dejó de andar.
Como si a su locomotora se le quebrara una biela. El Boby, que lo acompañaba
siempre al lado del bracero mientras él tomaba mate y miraba triste, después
que se lo llevaron en un carro muy grande y muy negro tirado por cuatro
percherones negros y con todo el barrio haciendo silencio y entornando las puertas,
se tiró en el umbral de su dormitorio y no comió más hasta que se murió 15 días
después. Se ve que al perrito se le ocurrió lo que a mí no, que había una forma
de seguir yendo con mi abuelo a mirar pasar los trenes desde el puente. Claro,
él era un pichicho. Yo apenas un pichi.
[1] Este título debe ser leído en voz ligeramente alta para recordar en el cuerpo las vibraciones del tren.
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