La calesita de Yerbal
Sergio Rodríguez
De
las primeras veces que me llevaron, no me acuerdo. Según me dijeron, fue en
brazos a la del parque Lezama. ¿Habrán sido los de mi madre o de mi padre? Me
acuerdo de la de Yerbal. También la miraba de abajo. Los caballitos me parecían
terriblemente altos. El coronel (mi abuelo argentino) quería que anduviera en
ellos solo. Quería que fuera valiente. Yo no. Estaba seguro que me iba a caer,
y el suelo estaba muy lejos. Además, la calesita daba vueltas e iba rápido. Así
lo sentía yo, y me daba mucho miedo. Así que las primeras vueltas, también
fueron en brazos, tampoco me acuerdo de quien. Después me sentaron en un
asiento ancho y seguro, en lo que parecía un carro. Mis pies no tocaban el
suelo, colgaban, pero no estaban tan lejos del mismo. Además el carruaje estaba
sobre el suelo de la calesita y lejos de los bordes. Ahí me sentía seguro.
Aunque en cada vuelta no podía dejar de mirar para ver si mi mamá, mi papá, o
el coronel, estaban. ¿Y si se olvidaban de mí y se iban? Pero no, siempre
estaban. Así que poco a poco me fui ocupando de otras cosas. La primera que
atrajo mi atención fue la sortija. Y otros chicos que me fascinaban. Parados
trenzaban sus piernas en el fierro que sostenía el techo de la calesita (siempre
con forma de bonete de payaso). ¡Esos sí que eran grandes! Y tenían que
pelearla, porque el calesitero hacía lo imposible para que no la saquen. Movía
endiabladamente la muñeca y hacía mil piruetas con la pera de madera y la
sortija. Pero alguno de ellos, siempre se la sacaba. Algunos se combinaban.
Iban uno detrás de otro, ocupando varios palos de la calesita. Finalmente
alguno lo agarraba cansado, mareado, o… que se yo, y se la sacaba. ¡Esos sí que eran grandes! No los chiquitos
que sentados en los caballitos, estiraban la mano y el calesitero les ponía la
sortija. ¡Así cualquiera! Jamás hice eso. Me daba vergüenza.
Cuando
crecí un poco quise subir solo a la calesita. Me agarraba del fierro y tiraba
levantando mi pata izquierda. ¡Que alegría el día que lo logré! Ahí sí sentí
que había crecido y era grande. Y la sonrisa del Tatata (mi abuelo el coronel) parecía confirmármelo. El coronel, todos
los domingos me daba un peso. Me lo gastaba en figuritas y calesita. Figuritas
Godet. Venían con los chocolatines. Era fantástico. ¡Con lo que me gustaban los
chocolatines! Encima traían esas figuritas tan hermosas. Brillantes, con los
aviones y los soldados de la segunda guerra. La que más me gustaba era la del
paracaidista cayendo con su paracaídas abierto y su ametralladora en los
brazos, listo para tirar tiros. ¡Ese era valiente de verdad! Cuando me sacaba
una y la miraba, me daba un poco de vergüenza recordando mi miedo a montar el
caballito alto de la calesita. Pero después me consolaba pensando que al fin y
al cabo yo era chiquito y el soldado era grande. Seguro que cuando yo fuera grande,
también me tiraría en paracaídas con mi ametralladora bajo el brazo. Cuando
aprendí a subirme solo a la calesita, me di cuenta que había chicos que se
subían y se largaban con la calesita andando. ¡Igual que los grandes en el
tranvía... y en el colectivo! Se me metió en la cabeza que también tenía que
hacer eso. Para ser grande... Así que un día, mientras esperábamos que parara
la calesita, me solté de la mano que me tenía y salí corriendo. Cuando pasó el
primer palo de la calesita salté y me agarré fuerte... y la calesita me
arrastró un ratito. El suficiente para que las rodillas me sangraran como nunca
había visto. ¡Qué jabón! Lo que pasó,
fue que cuando no alcancé al piso de la calesita y me quedé colgando. Pensé,
-si me suelto me mato- y aunque aún no sabía que quería decir matarse, sabía
que era algo terrible, porque mi papá siempre lo decía con tono terrible. Así
que decidí no soltarme por más que las rodillas me raspaban y mi cuerpo pegaba
de un lado para otro haciéndome acordar a las banderas con el viento. Las manos
de las que me había soltado vinieron rápido a socorrerme y consolarme, porque
como se imaginaran lloraba como un marrano. Tampoco sabía que era un marrano,
pero cuando lloraba mucho, mi papá me decía que lloraba como un marrano. Un día
supe que era llorar como un marrano y no me gustó. Me habían llevado al campo,
a un lugar que tenía criadero de chanchos. Parece que había una fiesta grande.
Se casaba alguien. Tal vez la hija del dueño. Sí, debe haber sido la hija del
dueño, porque había tanta gente junta como no había visto nunca. Y encima
comiendo. Me dieron ensalada de apio. Nunca volví a comer un apio tan rico. Y
en un momento un señor juntó a todos los chicos que empezaron a gritar ¡padrino
pelado! ¡padrino pelado! y a mí me extrañaba
porque si bien era viejo, tenía como 35 años, no era para nada pelado.
Se ve que todavía no era lo suficientemente viejo para ser pelado. Aunque yo
conocía muchos viejos -mis 2 abuelos- que no eran pelados. Y el señor que no
era pelado, no se ofendía y encima entró a tirar monedas para el aire.
Así que cuando vi eso me tiré con el montón a agarrar todas las que pudiera.
Pero estaba lleno de chicos más grandes que yo, así que tironeando y revolcándome,
no agarré más que dos. ¡Qué lástima! Porque el padrino que no era pelado pero
sí viejo, había tirado un montón. Bueno, en esa fiesta, no sé a santo de qué,
(esta frase tampoco sabía que quería decir pero se la escuchaba decir a mi papá
cuando algo que hacía mi mamá lo malhumoraba) nos llevaron a conocer los
criaderos. Cuando íbamos llegando al de chanchos, sentí unos gritos
espantosos por los que pensé que estaban
fajando a algún chico como yo, pero no, estaban degollando a un lechón, que
también era chico, pero chancho. Los únicos que había visto hasta entonces (no
había televisión) era a los tres chanchitos dibujado en las ediciones de
Constancio C. Vigil. Eran lindos y simpáticos, lo que era lógico, porque eran
buenos. Dos un poco vagos, pero buenos. No malos como el lobo. Ese sí que era
feo y malo. El tercer chanchito, además de bueno era trabajador y encima con el
oficio de mi papá y de mi abuelo el de los ojos tristes y los grandes bigotes. Era
un chanchito albañil, al que llamaban, el Chanchito Práctico. Así que no me
gustó ver degollar al chanchito encima de una carretilla. Tampoco que juntaran
la sangre para hacer morcilla. Ya cuando fui grande, tenía como 10 años, vi
degollar chivitos. Me daba un poco de pena, mucho no me gustaba, pero lo
disimulaba porque mis primas se ponían a llorar como unas tontas. En general
las mujeres no querían ver como los degollaban. Así que yo me las aguantaba,
porque mi papá me decía siempre -los hombres no lloran-. Así que estaban las
mujeres que lloraban, los hombres que no llorábamos y mi mamá. Ella tampoco
lloraba, sin embargo no era hombre. Bueno, era mi mamá.
Pero
vuelvo a la calesita, porque me gustaba mucho la calesita. Tenía esa música...
que después se fue perdiendo... ¡Qué lástima que se fue perdiendo, alegraba el
corazón! Nunca me expliqué como se podía alegrar el corazón, pero además de que
mi papá lo decía, yo sentía que se me alegraba mi corazón cuando cruzábamos
para ir a la calesita y yo iba escuchando esa música. No sé que pieza tocaban,
parecían todas iguales, pero tenían ese sonido que después le escuché al
organillero -el del loro y las tarjetas con la suerte-. ¡Qué lindo sonido!
Luego no lo escuché más. Peor todavía, cuando llevaba a mis hijos, pasaban a
palito Ortega cantando La Felicidad. No podía entender como podía ser
feliz cantando tan mal y repetido. Se los digo yo, que soy muy infeliz porque
canto muy mal. Bueno, pero vuelvo porque me estoy yendo otra vez. Finalmente
aprendí a subir caminando a la calesita. Así que tenía que aprender a largarme
caminando como hacían los otros y los grandes de los tranvías y colectivos. Así
que un día junté coraje y me tiré. Claro lo que yo no había observado era que
para hacerlo había que hacerlo en el mismo sentido que iba la calesita. Me
largué en sentido contrario, para que mi mamá que había quedado atrás me viera.
Me vio... como me caía otra vez, pero esta vez de culo. No lloré, no
había sangre. Sólo el sacudón... y el susto. Cuando mis pies tocaron el suelo,
sentí que todo se frenaba de golpe y que me tiraba para atrás. Los pies
clavados en la tierra y la calesita que pasaba. Tuve miedo que la cabeza se me
fuera abajo de la calesita, no tenía de donde agarrarme. Otra vez vi todo de
abajo. Pero esta vez no me causó gracia, porque había muchos ojos mirándome de
arriba y mi mamá retándome. Total, como no lloraba, era seguro que no me había
pasado nada. A mí la cola me dolía, pero estaba decidido a no llorar, me la iba
a aguantar. Los hombres no lloran.
Unos
años después (Más o menos 15), con el gordo Fresco salimos a la madrugada del
Centro de Estudiantes, casi totalmente borrachos. Habíamos perdido las
elecciones y habíamos ido a festejar con los ganadores... ¿o a tratar de
olvidar la derrota? no sé, pero estábamos repasados de vino. Me quedé dormido
en la vereda del Congreso hasta que sentí las patadas del gordo en las
costillas tratando de ver si me había muerto o estaba nada más que dormido.
Estaba nada más que dormido. Entonces me dijo, -vení rajá que se nos escapa el
26, y es el único de la noche. Así que a correr y subir con el bondi caminando.
Llevaba en la derecha una valija llena de libros, así que me agarré con la
izquierda, pero encima, del pasamanos trasero de la puerta delantera. Quedé mal
posicionado y encima los libros me hicieron de contrapeso en mi brazo poliomielítico,
así que fui a parar abajo del colectivo, por suerte el chofer no había chupado
y frenó a tiempo cuando vi las ruedas traseras que se me venían encima de la
panza. Ahí me acordé de la calesita y lamenté no haber practicado más. Aunque
siempre subía y bajaba del transporte en movimiento, como dice el cartelito que
no hay que hacer. Así que no, no era falta de práctica, era que había chupado
mucho. Esta vez tampoco me sirvió ver todo desde abajo. También me encontré con
un montón de ojos. Pero ahora, me puteaban.
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