El Huberto, y cuando la vida no vale nada
Entrábamos a la casilla de los Padilla. El mate, ya corría acelerado, con ese extraño gustito a café instantáneo ocupando el lugar de un relato que no se enhebraba. Hablar se hablaba, todo el tiempo, pero de las cosas más dispares. De nada en particular. La madre como siempre en su sillón, las otras madres, hija y nueras, y los hijos, anillaban la escena. El Negro cebaba, como siempre, era el más parlanchín. A su lado el Huberto. Carón, risa franca como caballo de dibujito animado. Bamboleaba su cabezota al compás de la risa. El Pastor dijo, -bueno, de qué vamos a hablar hoy. Un breve silencio, y el Negro comenzó a contar. Había ido a la capital por lo del seguro. Él, el Bebe y Huberto, eran carpinteros. El Bebe pintaba, pero ellos trabajaban en las máquinas y una sinfín le había rebanado el pulgar derecho y esa parte de la mano al Negro. Suerte que el Huber reaccionó rápido y paró la máquina, sino, vaya a saber cuanto más perdía. Le metieron un vendaje, y con el Huber que había buscado el dedo, fueron rajando a la salita. El Huberto llevó el dedo, pero el médico dijo que ahí, no podía hacer nada con eso. Los fletó para el Hospital. Tuvieron que esperar en la guardia, entretenidos entre apretar y aflojar el torniquete y cuidar los vendajes. Cuando fue a quirófano ya no se podía hacer nada con el dedo(1). Limpiaron, desinfectaron, cosieron, vendaron y por si acaso lo mandaron 24 horas a Terapia Intensiva. Cuando salió, ya nada era igual, aunque el Negro quería suponer que sí. Inició el reclamo por la indemnización a la ART, y cuando estuvo en “condiciones” volvió a la máquina.
En tanto, el Huber no
había faltado nunca al trabajo. La mujer esperaba un hijo, el segundo. Cuando
volvió el Negro, comenzaron de nuevo las broncas con la hija del patrón.
Encargada por el padre de llevar la contabilidad del taller y el pago semanal.
Siempre les curraba algunas horas a cada uno. Una vez se pusieron de acuerdo
con los otros doce que trabajaban en el taller, y ellos fueron en nombre de
todos a reclamar. Cuando la hija le preguntó uno por uno si reclamaba, ninguno
se hizo cargo, con lo que quedaron ellos solos pataleando. A partir de esa vez,
no quisieron moverse nunca más para tratar de organizar sindicalmente el
taller. Si seguían, los patrones iban a echarlos fácil y con las manos vacías.
Ese fue mi primer
encuentro con el Huber. Me cayó bien. Franco, buen amigo, fresco, casi
transparente. Así se me dibujó él, en mi imaginario. Pasaron los meses, casi
el año. Como al descuido, el Huber aparecía cada vez menos. Finalmente, en la
carpintería, el patrón y la hija los habían echado a los dos –el Negro y él-. No
eran un buen ejemplo para los demás, protestaban demasiado. El Negro, cuya
mujer (16 años) también esperaba un chico, se dedicó a pelearle la
indemnización a la ART. Del Huber, no se
decía nada. Para todos era como un hermano. Según contaban sin especificar,
tenía una familia difícil, de la cual había abjurado, y los había tomado a
ellos como sus hermanos.
Pasó el tiempo, una
noche estaba la familia reunida como todos los jueves. El Pastor y yo, como
todos los jueves, llegamos al caer la tarde y refilando la noche. Eran todas
caras de consternación. La policía lo andaba buscando al Huber. Había "hecho" un Wall Mart. Se armó un tiroteo y
decían que había herido a un oficial de la bonaerense.
Y se sabe, eso no tiene perdón. Si lo encontraban, era boleta. Ahí nos avivamos, que no estaba viniendo a las
reuniones porque andaba en otra.
Después que lo echaron lo buscó uno de los tíos maternos, el único que quedaba
libre y lo convenció de incorporarse a la banda. No sólo el pelito tira, a pesar de todo, también tira la voz de la sangre.
El tío sabía, el Huber era rápido con las manos y buen tirador. No se asustaba
y nunca dejaba a nadie caído.
El tío había caído y
le estaban dando pa’ que no se olvide.
¿Y el Huber? Nadie sabía. De vez en cuando caía por sorpresa y de la misma
manera se borraba. La madre, no
quería que duerma ahí. Al principio habían entrado los gorra, buscándolo. No estaba. Y por suerte, no habían visto las
armas que se guardaban en la pieza de arriba. Cuando La madre se enteró, las
hizo sacar de ahí, más que rápido. Ellos, que como decían los tranzeros[1] eran los gilitos que laburaban, se la habían
guardado porque era un hermano que andaba en la mala, y no lo iban a
traicionar. Esa noche, el Pastor y yo, nos fuimos con el espíritu por el suelo…
con la sensación de que todo era muy difícil, que era muy difícil lograr algo
positivo.
Y así pasó más
tiempo. Del Huber se sabía que andaba por otros lados. Los blue[2]
ya no lo buscaban. ¿Lo habían olvidado, o creerían que no volvería más?
La cosa, es que él
extrañaba. Y una noche volvió cuando estábamos nosotros. Lo saludamos con
cariño, sabíamos que no era un mal tipo. Él nos devolvió el saludo de la misma
manera. Siguió la conversación desde el marco de la puerta. Tranquilo, pero
siempre dispuesto a escapar. En un intervalo me
acerqué, nos apartamos y nos pusimos a charlar. En el patio, en el auto
no. No tenía que descuidarse. Tenía que poder saltar y rajar en cualquier
momento.
-Huber, ¿pa’ que te metiste en líos?
-Andaba
sin un mango, sin trabajo y me vino a buscar mi tío.
-
Pero vos me dijiste una vez, que no querías terminar como ellos.
Sonrió tristemente,
balanceó su cabezota de percherón de calesita antigua y dijo. –Es
cierto, pero sabe que pasa, me habían echado del taller. En cualquier otro, me iban a pagar[3], 5 $ la hora cuando
más. Cuando vino mi tío y me dijo, me encontró harto de tanto forreo. En un
solo golpe ,nos llevamos 15, 20, 25.000 $ cada uno.
-¿la
ahorrás esa plata?
-¿Para
qué?
-¡¿Cómo
para qué?! Pa’ poder salir de esa vida.
-¿Y
usted cree? Yo no salgo más… Los amigos le habían relatado al analista,
que se deliraba la guita con los
amigos. Boliche, birra, ayuda a los que andaban
en la mala. Total, vendría otro golpe y habría más para gastar y repartir.
-Pero
me contaste que pa´ vos los Padilla, eran tu nueva familia porque no querías
saber más nada con la de tu madre, con tu tío preso para siempre, el otro insistiendo
en lo mismo, ella puteando[4]…
-Y…
sí. Pero y que otra cosa voy hacer yo. Esto sonó en los
oídos del analista como: "que voy a ser yo". Me di cuenta que por
ese terreno no iba a ningún lado. Decidí levantar la apuesta.
-¿Y
si te matan? ¿Qué va a pasar, con vos? Y… tu señora, tus chicos…
-No…
que me van a matar, soy mucho más rápido. Pasó a contarme una
serie de hazañas, valentía, puntería, impiedad en la venganza. De algunas, yo
ya sabía, porque formaban parte de las leyendas de la villa. Jugué mi última
carta, algo también sabía de esas cosas, le dije.
-Vos
sabés, van a esperar para agarrarte un día por la espalda, y sin decir agua va, te
voltean.
-No
les va a ser tan fácil. Pero si me matan, no habré perdido mucho.
-¿Cómo
no habrás perdido mucho? Habrás perdido nada más y nada menos que la vida. Levantó
los hombros como diciendo, pa’ lo que sirve. Y me espetó.
-Por lo menos, habré dejado un buen recuerdo…
¿Qué más decir? Si su
vida no valía nada, que valiera su recuerdo. Esa noche, fue el analista el que se
volvió desanimado, con la sensación de que el Huberto estaba perdido. Que no
encontraba posible, otro lugar para él[5].
La desazón era mucha.
Cual no fue su
alegría, cuando en la fiesta de fin de año organizada por la Parroquia, lo
encontró entre los concurrentes. Y no sólo lo encontró, sino que cuando el
Pastor hizo subir a chicos y chicas de la villa al escenario para darles su
certificado en virtud de las tareas cumplidas, también subió el Huberto. Esa
decena de chicos morochos, miraban extrañados, casi asustados al público. Una
mayoría de alemanes y descendientes de alemanes blancos y rubios, muy rubios,
los miraban a ellas y ellos, casi tan extrañados y asustados como los chicos. Entre
estos, estaba el Huber. Con su enorme carota balanceándose, entre atónito y
curioso. Ansioso pregunté qué sabían de él. Me contaron que se consiguió un
trabajo y volvió a la villa. A los gorra,
por ahora, se les olvidó.
Pensé, tal vez
aquella conversación, para algo había servido.
Sergio Rodríguez
[1] Como ya relaté, en: Nací en la Villa y en la Villa voy a morir.
(2)Narcotraficantes en la villa y aguantadero y depósitos para afuera
(2)Narcotraficantes en la villa y aguantadero y depósitos para afuera
[3] Blue, gorras, apelativos para los de “la bonaerense”
[4] Este analista se da cuenta que mientras escribe este relato, va
teniendo diversos lapsus cálami. En vez de puerta, muerta, en vez de pagar,
pegar. Y así varios otros. No hay que ser muy ducho para advertir lo que sabe
el saber inconsciente de dicho analista.
[5] Así le dicen a trabajar de prostituta
[6] Es la consigna de la Acción Social Ecuménica de la Iglesia
Evangélica Alemana en la villa de San Fernando: Otro lugar es posible
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