miércoles, 15 de abril de 2015

Paco suicidando a Chiche

Paco suicidando a Chiche[1]
 
Veinte años, alto, castaño claro, casi rubio. Ojos grandes, claros, casi alegres. Si no fuera ese tenue mirar más allá. ¿Por encima del hombro del interlocutor? Sí, pero no sobrador. Parecía buscar algo, que más acá no encontraba.
Fumaba Paco, y le decían que eso era malo. El Rubén, el hermano mayor también lo había hecho. Pero ayudado por un Pastor y trabajando en las cosas de la Parroquia lo había dejado. Bueno, no sólo por eso.
Una joven alemana de la iglesia en su país, había venido a la Argentina a terminar su doctorado en teología. Y el Pastor la había llevado a trabajar en la villa. Ahí, conoció a Rubén, el hermano mayor de Chiche. Se enamoraron, y ahí fue, donde Rubén dejó definitivamente al Paco. ¿Definitivamente? Al Paco sí. Rubén era tan inteligente como Chiche. Se puso a estudiar y fue una revelación, terminó la secundaria y pidió una beca para ir a Alemania a hacer el doctorado en Teología. Se lo dieron, así que le mandaron los pasajes y en una semanita saldría de la villa a encontrarse con su amada en Alemania. La barra decidió ir al río, al lugar de siempre, para despedirlo. Unos sanguches, algunas birras, unas zambullidas, algunas braceadas, como para llevarse pegado a la piel, el recuerdo de esas aguas que lo abrazaban desde que era chico. Tal vez, ya estaban un poco mareados por las cervezas, así que a zambullirse y refrescarse. ¡Qué despierta mejor que unas buenas zambullidas!. Se tiró donde siempre, sabía bien lo que hacía, lo único que no calculó fue que las aguas estaban bajas. Pegó fuerte su linda cabeza contra el suelo. No salía. Los demás muchachos lo sacaron desmayado. Ambulancia, la camilla dura, no moverlo y al hospital. Traumatismo de cráneo, conmoción cerebral. Terapia intensiva, llegó la alemanita que vino de urgencia. Se la llevaron, pero nada, seguía como dormido sin responder a nada. Los médicos, pegaban con el martillito, pellizcaban, pasaban el alfiler por los dedos de los pies, que se abrían como un abanico. Decían que eso no era bueno. Radiografías, tomografías computadas, resonancias magnéticas. Diagnóstico definitivo, sección cervical de la médula. Si recuperaba el conocimiento, se encontraría cuadripléjico para toda la vida. Inmovilizado, él que jugaba tan bien al fútbol, que había correteado tanto las calles de la villa y nadado tantas veces en ese río difícil. Ahí estaba, si vivía, condenado a estar inmóvil en la casilla de la familia. ¡Puta suerte! Justo ahora que estaba por salir, por ir a otro lado completamente distinto y a los brazos de un amor muy querido. ¡Puta suerte! Cómo tantos, quedarse, no ir más allá. Pero peor aún, totalmente paralítico. La muerte se apiadó de él y se lo llevó en sus brazos, ya que los de él, no podían acudir a los de su alemanita. Todo fue sombras en el grupo durante bastante tiempo. Pero eran jóvenes, creían en su Dios, tenían el apoyo del Pastor (tan o más dolido que ellos) y siguieron el camino.
Chiche, no. El Paco lo tenía retenido. Había pasado por varias internaciones, pero nada más salir y retomar. Cuando el padre lo llamaba acudía y trabajaba con él cosiendo  para los barcos, lonas duras. Igual que hacía antes,  con el Rubén. Pero no siempre lo llamaba. No siempre había trabajo, no siempre estaba de humor. Las dificultades económicas no eran, como en los demás de la villa grandes. Era una familia chica, el padre, la madre, los dos muchachos y la mayor ya casada. Además ahora, muerto Rubén, quedaban cuatro. Pero los padres se llevaban muy mal. Él le pegaba a ella, estaban siempre separándose y volviendo a juntarse. Chica, pero  infernal. Así que Chiche prefería juntarse con su amigo del alma, comprarse la dosis que le alcanzara la guita y fumársela.
Por consejo del Pastor, fue a un psicoterapeuta. Él también estuvo de acuerdo. No quería terminar mal. Lo desesperaba robar. No tanto cuando lo hacía afuera, pero sí, cuando robaba las cosas de la casa a los padres. Se ponía muy mal. La última vez había sido el televisor. Había buscado por todos lados pero no había encontrado un mango para ir a comprar Paco, y sin Paco, era muy difícil. No aguantaba. Claro que después era peor, se sentía mucho peor. Pero ese instante, esos 40 segundos aspirando, todo parecía distinto, nada parecía tan duro. Un día le dijo por undécima vez al psicoterapeuta: - ¿Cómo explicarte? No encuentro palabras. Pero esa vez se le iluminó el rostro y dijo:  - Ya sé. Todo brilla y yo me siento fashion. -¿Y que me decís con fashion? ¿Los modelos que desfilan en la tele? – No, no. No es eso, es fashion y no puedo decirte más. Pero un instante, nada más que un instante, 40 segundos, no más. Así que había que salir de nuevo a buscar. Las sillas de la Sociedad de Fomento, la garrafa, ya no quedaba nada. – Pero además, cómo les vas a afanar a tus vecinos, a tus compañeros. Ellos se rompen el culo para que exista la Sociedad de Fomento y vas y los afanás… -No eso era antes, éramos unidos, nos defendíamos entre  nosotros. Ahora es distinto, estamos todos contra todos…
Conversó con el psicoanalista varios meses. A veces, parecía que salía. A la semana siguiente, estaba en el mismo punto. ¿Echarle la culpa a alguien? A nadie. ¿Qué los padres se llevaban mal? Era cosa de ellos. ¿Que el viejo le pegaba a la vieja? ¿Y cuando ella lo hacía dormir en la galería al padre, que el  padre recién había pintado ? Cosa de ellos. Que se arreglen, si pueden y sino que se separen. - ¿Pa’ qué seguían juntos? -¿Lo del hermano? Sí, fue duro. Pero ellos se llevaban mal. Muchas noches en la pieza, se cagaban a golpes. -¿Qué si la muerte del Rubén, le pesaba? Y… no, Rubén no era manco y también pegaba. Y cuando eran más chicos,  las diferencias de tamaño se notaban, y era el que pegaba más fuerte. Chiche, siempre salía perdiendo, y a veces, con la vergüenza de salir llorando. ¿Si extrañaba al hermano? Claro que lo extrañaba, aunque ya hacía tiempo que no iba más al baldío a fumar Paco con él y el amigo. Los había dejado por la Parroquia y por la alemanita, mucho antes que el accidente . ¿Entonces?
Pasaron meses. Un día le dijo: -La próxima es la última charla. Usted me cae muy bien y la paso muy bien charlando con usted. Pero le hago perder el tiempo, y a mí, no me sirve para nada. Tratamos de encontrar los por qué, pensar para qué le serviría dejar de venir, nada lo conmovía. Aparecía firme en su decisión.
Y llegó el día y con él, una espantosa verdad. Cosa rara, me dijo si podía leerme algo que me había traído. Por supuesto le dije que sí. Y leyó lo que parecía un cuento y en verdad era un apólogo.  Un cuento, sí pero con moraleja.
“Un joven campesino, se había propuesto engañar a todos. Se echó en el campo y se hizo el muerto. Disimulaba hasta la respiración. Todos pasaban a su lado, y decían: está muerto. Y seguían su camino, ni tocarlo querían. El joven disfrutaba cada vez más de la escena. Y cada vez se quedaba más quieto. Llegó la noche, y lejos de aflojar, más se hacía el muerto. Hasta que lo empezaron a rodear lobos y animales carroñeros. Él, más quieto se quedaba. Comenzaron a olerlo. Él ni respiraba. Entonces, uno le metió los colmillos en la yugular y todos empezaron a atacarlo al unísono. Finalmente se lo devoraron.”
Era una situación extraña, transcurría en lo alto de la Parroquia en una habitación tipo aula. Caía el sol y las penumbras nos iban envolviendo. El terapeuta lo miró fijo y le dijo: - ¿gozás engañando a los otros, aunque te cueste la vida? Miró sonriente, lo abrazó y se fue.
Sergio Rodríguez     




[1] Con algunas diferencias, publicado primeramente en Desarraigos Villeros de autores varios

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