Cómo
la conocí
Era una jovencita de 14
años bellísima. Habitaba, una de las villas grandes del conurbano. Era, una de esas chicas
que cuando pasan, no se puede no mirar. Parecía, tener 19 o 20. La llamaré Fermina.
En la casa y en la
villa todos hablaban mal de ella. Pero
no podían dejar de hablar de ella. La acusaban, de ser muy peleadora. Por
ejemplo, que habían pasado unas chicas por la vereda de enfrente y le habían
gritado algo que nadie repetía. Muy probablemente: puta. No se incorporaba a
grupos. Su estilo era pasar y desaparecer. Era su forma de hacerse ver. Soberbiamente
altiva, desde su reciente y enojada belleza puberal-adolescente.
Vivía en una casa
donde la mayor parte de las aberturas no tienen marco, ni que decir puertas.
Algunas tienen cortina, otras, ni eso. La única puerta era la del baño y la de
calle, el resto, agujeros. Paredes descascaradas. Manchas a la vista, de
implementos que alguna vez había habido. Pegados, posters de River. Algún santo,
algunas vírgenes. Un detalle, había una sola foto, la de esta chica. Una hermosa foto, pero desteñida. Tiempo después la madre decía amargamente,
sin que sorprendiera a los otros hermanos, que había sido la única de los 4 que
había querido tener. Decía también que a los 6 años, o sea 1 año antes que empezara
a cartonear, como Fermina le reclamaba
que quería conocer al padre, ella le había dicho quien era. El padre vivía a
una cuadra de la casa, y Fermina se había presentado ante él, buscando que la
reconociera como hija, sin apelar a legalidades. Él le había dicho que no tenía
interés en ser padre de ella y que además tampoco estaba seguro si lo era o no.
El rechazo del padre, le había producido a la piba una herida terrible. Desde
ahí, se había hecho tan cocorita y peleadora. En la familia, todos se dedicaban
a acusarla. Todos, todos. La madre, los hermanos, hermanas, cuñados. Que no era
colaboradora, que no cocinaba nunca, que no lavaba, que era egoísta, que les
robaba algún peso para tarjetas de celular, que se había ido de la primaria sin
terminarla. Los hermanos decían que era la protegida de la madre. Ésta decía
que el problema residía, en que andaba en malas compañías. Otra de las
acusaciones era que se quedaba a dormir en la casa del novio. Pero no era una acusación
moral, les molestaba que se quedara a dormir ahí, para eludir las tareas de la
casa. Faltaba a los códigos de la villa. El novio de Fermina, era estudiante en
una UTN. Provenía de una familia de capas medias pobres, cercana a la villa.
Su
“confesión”, el incesto y después...
Un día me pidió venir
al confesionario. Le decían “El confesionario” al auto del Pastor,
donde yo los atendía de a uno. Vino después de un día que la habían “gastado”[1]
mucho, y tanto el Pastor como yo, intervinimos para parar la cuestión. Fermina
participó de esa reunión, que era muy grande. Estaba muy acongojada porque el
novio la había dejado. Había llegado la hora de la venganza para los
hermanos y hermanas que ahora tenían con que burlarse y hostigarla. La categoría
de “malos y buenos” no sirve, en el intento de entender que sucede en las villas. Tampoco lo
de justo o injusto. Se evidenciaba que en la familia todos la envidiaban, ya que
se mantenía rebelde, linda y tenía un montón de muchachos cortejándola. Incluido
el hermano mayor, evidentemente el preferido de la madre, que a ojos vistas arrastraba
deseos eróticos hacia la reciente ex-niña.
Esa familia estaba
fundada en una historia de incesto. La madre no tiene claro si la hija mayor fue
fruto de un incesto con el padre, o con el hermano. Ya que en el campo donde
vivía, ambos abusaban sexualmente de ella. Para hablar de esa hija dice: “me la traje de…” y nombraba la provincia
de donde vino. Nunca nombraba al progenitor. El hermano mayor, a sabiendas
de Fermina, le mete los cuernos a Bruma su compañera embarazada. Con la cual seguía
en pareja, por el hijo que viene y no porque esté enamorado. Él también fue al
confesionario algunas veces, y explicando porque no abortar, decía: “porque soy el padre y me voy a hacer cargo
de mi hijo”. No haría como el padre de él y de otro hermano, que nunca se
había hecho cargo de ellos.
Después...
Fermina en el
confesionario, en medio de llantos me cuenta que la vuelven loca los hermanos
con sus acusaciones y burlas. Casi no toca el tema del novio. Cuando lo hace,
cuenta que ella le buscaba pelea todo el tiempo, tal como hace con los hermanos
y el resto de la gente del barrio. Se reconoce peleadora, cuando habla de la
ruptura con el novio. Del resto, se considera inocente. Se hace evidente y se
lo digo que tras la parada de castigar,
permanentemente, se hace castigar. Le recuerdo las quejas de la familia sobre su
falta de solidaridad familiar y me dice que no es cierto, que ella trabaja de
niñera por 150$[2] por mes
por cuidar 9hs diarias a los hijos de una vecina, que sale a trabajar de mucama.
En ese punto vino la
sorpresa. Me dice que esta cansada, que la familia la acusa de que sale a putear. Así le decía, a trabajar de
prostituta. Defendiendo su decisión, me dice: -“¡prefiero putear que ir a limpiar los baños de las señoras”. Entonces me acordé, del dicho del hermano mayor en
una discusión del grupo, en un momento en que el Pastor les decía que ellos
trabajaban, que los otros salían a robar, etc. Entonces el muchacho dijo: -sí, ¿sabes como nos dicen en la villa a
nosotros? -Los giles que laburan[3].
Irá advirtiendo el lector, la relación entre las que van a limpiar baños, los
giles que laburan por un lado y por otro,
los delincuentes y las prostitutas. Ahí caí en cuenta que para Fermina “putear”, era su honor.
En ella no es, no
sería, un oficio como en las prostitutas que trabajan en la calle o en prostíbulos. Tampoco, básicamente una cuestión
de dinero. Le gusta el dinero, pero se trata otra cosa. Se trata de que prefiere
ser puta, que ir a lavar los baños de las señoras. Para ella, todos eran giles[4],
ella no, ya que se animaba a ser puta en vez de limpiar baños.
Le señalé que entre mucama
y puta, había otras alternativas. Mesera, empleada en una tienda, supermercado,
etc. Me replicó que no la tomaban por menor de edad, cosa cierta. Ahí terminé
la única sesión individual, nos despedimos afectuosamente. Y siguió manteniendo
conmigo, un vínculo amable. Pasaba a mi lado y no me miraba con desprecio, me
saludaba amable y respetuosamente. Pero no volvió nunca al confesionario, a
pesar de algunas sugerencias mías y de la madre, para que lo haga. Luego pidió
entrevista con una colega mujer. Supondría que de mujer a mujer, sería mejor
entendida y podría relatar, sin vergüenzas, sus relatos de puta…
Esto no es así en
todas las prostitutas, Una, sobre la que estos pibes contaron había parido una
criatura, estando totalmente adicta al paco. Andaba por las casillas
ofreciendo en venta al bebé por 5$. Lo ofrecía para comprarse paco.
Para esa chica la prostitución no tiene el mismo valor que para Fermina. Ella
es un desecho, y el bebé, otro. Nada tiene valor. Otro prostituta sufría, no por su profesión
sino porque le iba mal con la familia. Se había enamorado perdidamente de ella,
un Rey de una Tribu africana, una persona con mucha plata de algún país
petrolero. Este hombre se quería casar con ella a toda costa, ella no. Quería
seguir prostituyéndose con él, pero no casarse. Su papá se enojaba. ¿Por qué no se
casaba con ese hombre, ya que la consideraba la oportunidad de su vida (la de
él, el padre). Me dijo: -“¿se da cuenta? a mi
padre lo único que le interesa es la
plata”. Le dije, demasiado prematuramente: -“¿a vos te interesa alguna otra cosa?” Creo que eso lo ofendió muchísimo.
Mi error fue creerme que ella trabajaba sólo por dinero. Ella, haciéndose pagar por cadenas de hombres que la deseaban para gozar con ella, también se
restituía en su amor propio. Pero no caía en cuenta, de las nuevas cadenas que la encadenaban.
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