Casos, cosas y cosos
Entramos los tres.
Jesús, impulsado por nosotros y acompañado por el Pastor, le dijo a la
suboficial del mostrador, que venía a hacer una denuncia. Le contestaron que
espere y nos fuimos a sentar en el banco largo de los que esperan.
Pasaron minutos, una
hora. Jesús no podía estarse quieto, caminaba de un lado para otro, como león
enjaulado. El Pastor y yo, fuimos al mostrador. Decidimos “chapear”. El Pastor se
presentó como tal y yo como el Doctor. Me acordé del Gordo Villanueva bmbm…
bmbm… gngn…gngn de la Nación, una antigua tira cómica de la revista Rico
Tipo. El Pastor, le dijo a la suboficial, que queríamos hablar con el
oficial a cargo. Eran las 10 de la noche y seguro que el comisario no estaba.
La suboficial asintió, entró a la oficina del comisario y cuando salió nos hizo
entrar. El panorama nos resultaba conocido. Parecía el interior de una casa de
la villa. Muebles viejos, semiderruidos. Polvo por todos lados, alguna tela de
araña, una vieja máquina de escribir mecánica Remington Rand, abandonada en un
rincón, una vieja computadora y su teclado sobre el escritorio del comisario.
Sentado detrás, un oficial de mirar nervioso, con los ojos bailando
permanentemente de un rabillo al otro, como si esperara una sorpresa en
cualquier momento. Mientras, hablaba a toda velocidad. ¿De qué? No sé, lo hacía
tan rápido que era difícil seguirlo. Algo sobre que había que tener cuidado,
que todas esas familias eran desconfiables, que vaya a saber quien habría
empezado el lío. El Pastor trataba de explicarle porque habíamos venido, para
lo cual nos presentó. Él, Pastor, yo psicoanalista, el oficial se puso serio
cuando el Pastor le dijo que era Pastor. Pero levantó las cejas, entre como que
no entendía o que desconfiaba, con lo de psicoanalista. Por abajo del
escritorio, le pateé las canillas al Pastor y le dije al oficial, -soy médico, soy doctor. Cambió
totalmente el gesto, nos arrimó sillas, tanto o más descuajeringadas que las de
la villa. A la que me tocó a mí, le faltaba medio respaldo. Por supuesto, le
agradecimos la cortesía y el Pastor entró a contar. Escuchó un poco, mientras
seguía farfullando que los de la villa, eran todos desconfiables y nos llevó a
otra oficina más presentable, en la que se atendía al público, algo así como el
living de la comisaría. Ya ahí y en virtud de nuestras jerarquías, el Pastor, Pastor, y yo Doctor, Doctor, nos tomó él el comienzo de nuestras deposiciones (je…).
Me preguntó la edad y le dije: -69.
Paró de escribir, levantó la mirada, arqueó las cejas y me miró sorprendido. – Ya sé, le dije. –parezco menos, todos me dan menos, pero una cosa es la chapa y otra el
motor. Ya hace los ruidos de 69 y no justamente, los de la cama. Me siguió
mirando y en medio de la sorpresa me dijo: -No
doctor, me sorprende que haya llegado a los 69… Lo que es yo… Se le nubló
la vista y siguió escribiendo. Mientras,
Jesús seguía caminando como lobo enjaulado. Luego, el oficial a cargo, nos dejó
con otro oficial. Que me hizo pasar primero. ¿Por las canas que platean mis
cabellos, por ser el Doctor, vaya a
saber... A este oficial, lo había
observado antes. Me había llamado la atención y se lo había mostrado al Pastor,
el rictus de temor que tenía permanentemente en la cara. Aproveché la
declaración para sacarle conversación. –
¿Está pesada la mano? -¡Y cómo…! Vuelta a vuelta cae alguno. Ya ni se puede
andar de ronda, vuelta a vuelta le tiran a alguno. - ¿Y quienes son? - ¿Quiénes
van a ser? ¡Los de la villa! No hay trato posible con ellos, están todos
merqueados, en cualquier momento hacen cualquier cosa. -¿Y usted por donde
vive?- ¡Ja! A dos horas de viaje. Vivo en José C. Paz. - ¡Eeehhh! ¿¡Tan lejos!?
-¿Por qué no pide el pase? Seguro que plaza, debe haber. Me miró entre sorprendido y
enojado. Afirmó seco y sin mucho lugar a dudas. –No, mi lugar es este. Lo dijo muy, muy seguro. No pregunté más.
Sus negocios estaban ahí, y no iba a dejarlos así nomás. En eso advertí que
había venido una ambulancia. Buscaban a una chica de… ¿16, 20 años? La suboficial,
la llevó esposada. Parecía sostener su vientre con las manos. Le pregunté al
oficial: - ¿le metieron un tiro, se
desangró qué está tan pálida? –No..., es
el PACO. Es adicta. Cayó porque le afanó el celular a otra de la villa. Que la
denunció. Esa, dijo señalando con el dedo a una señora que le gritaba de
todo a la detenida. Me impresionó lo flaca, blanca, y pálida amarillenta que
estaba la detenida. Evidentemente, cursaba los finales del PACO. A menos que la
encarcelaran y se quedara sin PACO,
le quedaba poca vida. Le dije al oficial: Pobre
piba, en poco tiempo se muere. Me miró fijo, como pidiendo perdón o
esperando que no lo fuera a entender y me dijo. –Usted no va a estar de acuerdo, pero sabe qué doc., mejor que se muera
lo antes posible. Mejor para ella, salvarse de morir de a poco y mal, muy mal…
Y mejor pa’ nosotros… Un peligro menos. Me conmoví hasta los huesos, pero
entendí, que a lo mejor, tenía razón.
El Cabezón, los
“kioscos” y “el mercado libre”
Cuando se me cruzó
ese pensamiento, vinieron otras escenas a mis recuerdos. Tres móviles
policiales, uniformados, a veces un par
de civiles, armas largas, pocas de puño. Señales evidentes de operativo. Nosotros como siempre, reunidos en
casa de los Padilla. En circunstancias como esas, solía ocurrir que
escucháramos algún tiroteo a dos o tres cuadras de donde estábamos.
Pero me intrigaba,
que a veces veía un auto policial solo, con dos uniformados, lo más campantes
dar vueltas por la villa. ¿Cómo se animaban? Pregunté y me contaron. El oficial
era El Cabezón. Todos lo conocían. Su andar campante, se debía a un acuerdo
implícito. Nunca se metía en nada demasiado pesado. Simplemente iba por las
calles y callejuelas de la villa, y si veía a algún pibe en actitud sospechosa
llevando algún bulto, paraba, se bajaba, y le daba la voz de alto. Si el
sospechoso veía que era El Cabezón, no rajaba, ya sabía el resto de la
historia. Lo subían al móvil, le sacaban lo que llevaba, fuera merca[1], Paco[2], hierba[3], también si eran
productos de un choreo[4].
Lo paseaban unas cuadras, cuatro gritos y lo largaban. No los denunciaba, no
quedaban registros del hecho. El pibe vuelve a su “trabajo” y los gorras al
suyo.
¿A custodiar la ley?
No, ese trabajo es pa’ giles. Lo apropiado por El Cabezón y su compañero,
ingresa al mercado libre. O sea: a Tranzas,
si se trata de drogas. O reducidores de cosas robadas. De droga se conserva un
tanto, para su consumo personal y el de algunos amigotes. Porque los gustitos
hay que dárselos en vida. Si algún objeto gustó, -a la bolsa. Que con lo que se
gana en la bonaerense, no se sale de pobre. ¿Y qué, porque se es policía, hay
que vivir como villero? El resto, al
sacrosanto mercado libre. ¿O no estamos en un sistema democrático con propiedad
privada y mercado libre?
Y no es poco común en
la mesa de los domingos ver en alguna familia de la villa sentados en la misma mesa, comiendo, familiares que en otras ocasiones se los puede encontrar
ocupando distintos lugares en alguna comisaría. Porque si bien no hay mucha
diferencia entre los calabozos y las oficinas, no es lo mismo estar tras las
rejas que por fuera de ellas.
Sergio Rodríguez
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