miércoles, 15 de abril de 2015

En una comisaría de la “Bonaerense”

Casos, cosas y cosos
Entramos los tres. Jesús, impulsado por nosotros y acompañado por el Pastor, le dijo a la suboficial del mostrador, que venía a hacer una denuncia. Le contestaron que espere y nos fuimos a sentar en el banco largo de los que esperan.
Pasaron minutos, una hora. Jesús no podía estarse quieto, caminaba de un lado para otro, como león enjaulado. El Pastor y yo, fuimos al mostrador. Decidimos “chapear”. El Pastor se presentó como tal y yo como el Doctor. Me acordé del Gordo Villanueva bmbm… bmbm… gngn…gngn de la Nación, una antigua tira cómica de la revista Rico Tipo. El Pastor, le dijo a la suboficial, que queríamos hablar con el oficial a cargo. Eran las 10 de la noche y seguro que el comisario no estaba. La suboficial asintió, entró a la oficina del comisario y cuando salió nos hizo entrar. El panorama nos resultaba conocido. Parecía el interior de una casa de la villa. Muebles viejos, semiderruidos. Polvo por todos lados, alguna tela de araña, una vieja máquina de escribir mecánica Remington Rand, abandonada en un rincón, una vieja computadora y su teclado sobre el escritorio del comisario. Sentado detrás, un oficial de mirar nervioso, con los ojos bailando permanentemente de un rabillo al otro, como si esperara una sorpresa en cualquier momento. Mientras, hablaba a toda velocidad. ¿De qué? No sé, lo hacía tan rápido que era difícil seguirlo. Algo sobre que había que tener cuidado, que todas esas familias eran desconfiables, que vaya a saber quien habría empezado el lío. El Pastor trataba de explicarle porque habíamos venido, para lo cual nos presentó. Él, Pastor, yo psicoanalista, el oficial se puso serio cuando el Pastor le dijo que era Pastor. Pero levantó las cejas, entre como que no entendía o que desconfiaba, con lo de psicoanalista. Por abajo del escritorio, le pateé las canillas al Pastor y le dije al oficial, -soy médico, soy doctor. Cambió totalmente el gesto, nos arrimó sillas, tanto o más descuajeringadas que las de la villa. A la que me tocó a mí, le faltaba medio respaldo. Por supuesto, le agradecimos la cortesía y el Pastor entró a contar. Escuchó un poco, mientras seguía farfullando que los de la villa, eran todos desconfiables y nos llevó a otra oficina más presentable, en la que se atendía al público, algo así como el living de la comisaría. Ya ahí y en virtud de nuestras jerarquías, el Pastor, Pastor, y yo Doctor, Doctor, nos tomó él el comienzo de nuestras deposiciones (je…). Me preguntó la edad y le dije: -69. Paró de escribir, levantó la mirada, arqueó las cejas y me miró sorprendido. – Ya sé, le dije. –parezco menos, todos me dan menos, pero una cosa es la chapa y otra el motor. Ya hace los ruidos de 69 y no justamente, los de la cama. Me siguió mirando y en medio de la sorpresa me dijo: -No doctor, me sorprende que haya llegado a los 69… Lo que es yo… Se le nubló la vista y siguió escribiendo. Mientras, Jesús seguía caminando como lobo enjaulado. Luego, el oficial a cargo, nos dejó con otro oficial. Que me hizo pasar primero. ¿Por las canas que platean mis cabellos, por ser el Doctor, vaya a saber... A este oficial,  lo había observado antes. Me había llamado la atención y se lo había mostrado al Pastor, el rictus de temor que tenía permanentemente en la cara. Aproveché la declaración para sacarle conversación. – ¿Está pesada la mano? -¡Y cómo…! Vuelta a vuelta cae alguno. Ya ni se puede andar de ronda, vuelta a vuelta le tiran a alguno. - ¿Y quienes son? - ¿Quiénes van a ser? ¡Los de la villa! No hay trato posible con ellos, están todos merqueados, en cualquier momento hacen cualquier cosa. -¿Y usted por donde vive?- ¡Ja! A dos horas de viaje. Vivo en José C. Paz. - ¡Eeehhh! ¿¡Tan lejos!? -¿Por qué no pide el pase? Seguro que plaza,  debe haber. Me miró entre sorprendido y enojado. Afirmó seco y sin mucho lugar a dudas. –No, mi lugar es este. Lo dijo muy, muy seguro. No pregunté más. Sus negocios estaban ahí, y no iba a dejarlos así nomás. En eso advertí que había venido una ambulancia. Buscaban a una chica de… ¿16, 20 años? La suboficial, la llevó esposada. Parecía sostener su vientre con las manos. Le pregunté al oficial: - ¿le metieron un tiro, se desangró qué está tan pálida? –No..., es el PACO. Es adicta. Cayó porque le afanó el celular a otra de la villa. Que la denunció. Esa, dijo señalando con el dedo a una señora que le gritaba de todo a la detenida. Me impresionó lo flaca, blanca, y pálida amarillenta que estaba la detenida. Evidentemente, cursaba los finales del PACO. A menos que la encarcelaran y se quedara sin PACO, le quedaba poca vida. Le dije al oficial: Pobre piba, en poco tiempo se muere. Me miró fijo, como pidiendo perdón o esperando que no lo fuera a entender y me dijo. –Usted no va a estar de acuerdo, pero sabe qué doc., mejor que se muera lo antes posible. Mejor para ella, salvarse de morir de a poco y mal, muy mal… Y mejor pa’ nosotros… Un peligro menos. Me conmoví hasta los huesos, pero entendí, que a lo mejor, tenía razón.

El Cabezón, los “kioscos” y “el mercado libre”
Cuando se me cruzó ese pensamiento, vinieron otras escenas a mis recuerdos. Tres móviles policiales,  uniformados, a veces un par de civiles, armas largas, pocas de puño. Señales evidentes de  operativo. Nosotros como siempre, reunidos en casa de los Padilla. En circunstancias como esas, solía ocurrir que escucháramos algún tiroteo a dos o tres cuadras de donde estábamos.
Pero me intrigaba, que a veces veía un auto policial solo, con dos uniformados, lo más campantes dar vueltas por la villa. ¿Cómo se animaban? Pregunté y me contaron. El oficial era El Cabezón. Todos lo conocían. Su andar campante, se debía a un acuerdo implícito. Nunca se metía en nada demasiado pesado. Simplemente iba por las calles y callejuelas de la villa, y si veía a algún pibe en actitud sospechosa llevando algún bulto, paraba, se bajaba, y le daba la voz de alto. Si el sospechoso veía que era El Cabezón, no rajaba, ya sabía el resto de la historia. Lo subían al móvil, le sacaban lo que llevaba, fuera merca[1], Paco[2], hierba[3], también si eran productos de un choreo[4]. Lo paseaban unas cuadras, cuatro gritos y lo largaban. No los denunciaba, no quedaban registros del hecho. El pibe vuelve a su “trabajo” y los gorras al suyo.
¿A custodiar la ley? No, ese trabajo es pa’ giles. Lo apropiado por El Cabezón y su compañero, ingresa al mercado libre. O sea: a Tranzas, si se trata de drogas. O reducidores de cosas robadas. De droga se conserva un tanto, para su consumo personal y el de algunos amigotes. Porque los gustitos hay que dárselos en vida. Si algún objeto gustó, -a la bolsa. Que con lo que se gana en la bonaerense, no se sale de pobre. ¿Y qué, porque se es policía, hay que vivir como villero? El resto, al sacrosanto mercado libre. ¿O no estamos en un sistema democrático con propiedad privada y mercado libre?
Y no es poco común en la mesa de los domingos ver en alguna familia de la villa sentados en la misma mesa, comiendo, familiares que en otras ocasiones se los puede encontrar ocupando distintos lugares en alguna comisaría. Porque si bien no hay mucha diferencia entre los calabozos y las oficinas, no es lo mismo estar tras las rejas que por fuera de ellas.

Sergio Rodríguez





[1] Cocaína
[2] Pasta base, inhalante tóxico muy destructivo, echo con los restos del destilado de coca. Está haciendo estragos entre los jóvenes villeros y ha comenzado a aparecer entre pibes de capas medias acomodadas.
[3] Marihuana
[4] Robo, en el argot porteño

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