miércoles, 15 de abril de 2015

Valor

Valores
Un viejo Sultán en decadencia, vio caído un diamante. Supuso que era de su ojo izquierdo. Aquel que le había permitido descubrir a su amada, más allá de imágenes tristes, encrespadas, enojadas,  de la mirada de ella. Apresuradamente, se agachó a levantarlo. Temió no  ver más, con aquel ojo que sabía mirar.
Fantasioso como buen Sultán de las épocas en que las fantasías   para los sultanes tenían más valor que las mercancías, disfrutaba intensamente los momentos que imaginaba  pasar con la Princesa. Sabía que era esquiva, que rápidamente se asfixiaba, pero lo atribuyó a la pérdida de aquel diamante ahora reencontrado.
A su través, veía abrazos, besos, ternuras. Reencontraría aquella voz dulce y juguetona, que lo había cautivado desde la lejanía. Mientras, el brillo entre sus dedos competía con los haces del sol y la tristeza de la luna. Tomó decididamente al emisor de tales maravillas y lo llevó a su órbita izquierda. No era el mismo que había perdido. Supo entonces que ése, jamás lo reencontraría.
Ansioso lo miró de cerca y cuál no sería su horror, al advertir que era  sólo un vidrio. Cayó en cuenta que aquél diamante, ya jamás lo encontraría. Y que con el que jugueteaba, sus manos, no era más que un vidrio, brillante, bello, pero que reflejaba nada más que su decadencia.
Dolido, decidió regalárselo igual a su princesa, pero cuando ella no lo viera. Temía ver en su rostro, una mueca de desilusión y desprecio. Pero igual, a hurtadillas, lo dejó a su vista. Tal vez, más allá del vidrio, ella también reencontrara ilusiones.
Besó el vidriecito y en una tarde de lluvia, lo aposentó en la mesa de ella.
 
Sergio Rodríguez                                                                 

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