Un viejo Sultán en decadencia, vio caído un diamante. Supuso que era de su ojo izquierdo. Aquel que le había permitido descubrir
a su amada, más allá de imágenes tristes, encrespadas, enojadas, de la mirada de ella. Apresuradamente, se agachó a
levantarlo. Temió no ver más, con aquel ojo que sabía mirar.
Fantasioso como buen Sultán de las épocas en que
las fantasías para los sultanes tenían
más valor que las mercancías, disfrutaba intensamente los momentos que imaginaba pasar con la Princesa. Sabía que era esquiva,
que rápidamente se asfixiaba, pero lo atribuyó a la pérdida de aquel diamante
ahora reencontrado.
A su través, veía abrazos, besos, ternuras.
Reencontraría aquella voz dulce y juguetona, que lo había cautivado desde la lejanía. Mientras, el brillo entre sus dedos competía con los haces del sol y
la tristeza de la luna. Tomó decididamente al emisor de tales maravillas y lo
llevó a su órbita izquierda. No era el mismo que había perdido. Supo entonces que ése, jamás lo
reencontraría.
Ansioso lo miró de cerca y cuál no sería su
horror, al advertir que era sólo un vidrio. Cayó en cuenta que aquél diamante,
ya jamás lo encontraría. Y que con el que jugueteaba, sus manos, no era más que un
vidrio, brillante, bello, pero que reflejaba nada más que su decadencia.
Dolido, decidió regalárselo igual a su princesa, pero
cuando ella no lo viera. Temía ver en su rostro, una mueca de desilusión y
desprecio. Pero igual, a hurtadillas, lo dejó a su vista. Tal vez, más
allá del vidrio, ella también reencontrara ilusiones.
Besó el vidriecito y en una tarde de lluvia, lo
aposentó en la mesa de ella.
Sergio Rodríguez
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