Pocas cosas debe
haber más lindas que un amanecer de invierno. Claro, cuando es seco, límpido y
con sol. Si corre brisa, mejor. Un fresco suave y ligero recorre la cara recién
despierta. Ligero, porque el sol si ya deslumbra, entibia la ráfaga.
Así era ese domingo.
Lito se había levantado temprano, un poco malhumorado. No le gustaba levantarse
los domingos a esa hora, pero había que laburar. Los tres pibes y la señora
(que también trabajaba) se lo merecían. Era eso de las 7 y ya estaba en el
auto. Un Corsa nuevo, recién comprado, el sueño de su vida. Trabajador
“independiente”, había logrado al fin cambiar el viejo cascajo que se venía
abajo en cualquier bache, por ese lindo “fierro”. Bueno, tampoco para exagerar.
No podía negar que cuando veía pasar un BM... un respingo de envidia lo
fastidiaba brevemente. Pero para la edad que tenía y el oficio, se la había
rebuscado bien. Más, teniendo en cuenta que nunca aceptó un peso del padre. Éste
estuvo preso por defraudar a la empresa del estado en la que era gerente de
compras. Aceptaba coimas. El Lito, hombre de ley, nunca se lo perdonó. Claro
que para el Corsa, la casa y el estudio de los pibes, él y la flaca habían
tenido que deslomarse. No era la primera vez que se levantaba temprano y se iba
a trabajar “un rato”, hasta las “pastas” del domingo.
Así iba, perdido en
sus pensamientos, cuando lo agarró el semáforo en la villa que siempre lo
agarraba. Y aún no estaba la costumbre actual de no darle bola. Paró a esperar
la verde. Él no era de esos pequeños burgueses pelotudos, que creen que porque
ahí vive gente pobre es más peligroso que en otros lados. Él respetaba las
normas de tránsito y creía en que por ser pobre, se era honesto. Por eso, de
joven militó en Clase Proletaria,
el partido tan de vanguardia, que los obreros nunca lo alcanzaban.
Por
la ventana del conductor, por la misma que entraba la brisa, asomó un revólver
y una cara odiante que le decía: corréte[2]. Del
otro lado, alguien abría la puerta y se sentaba apuntándolo con una pistola. En
un santiamén quedó encerrado entre dos pibes, excitados. Nerviosos,
temblorosos, lo puteaban y amenazaban, le daban unos culatazos en la cabeza y
las costillas, mientras le decían: ¡agacháte,
tiráte al suelo boludo! Lito no entendía nada. Eran pibes mal vestidos, con
jean y zapatillas ajadas, pulóveres
desteñidos, igual que los pasamontañas que les semi-cubrían los rostros.
Asustado se tiró al
suelo, sin atinar a decir nada. Sólo se le cruzaban los caras de sus pibes y de
la mujer. Quedó en el piso hecho un ovillo. Mientras, interminablemente el auto
daba vueltas y vueltas. Los rebotes le informaban que eran calles llenas de
agujeros y el “rascado” de las cubiertas, que se habían metido en tierra y
barro. A partir de ahí la velocidad era escasa y el recorrido muy “enroscado”.
Pararon, quiso levantar la cabeza para mirar y un culatazo del tercero que iba
atrás, se la bajó sin apelaciones. Pero notó una diferencia, éste le gritó:
“¡Bajá la cabeza imbécil!”. Éste hablaba distinto, usaba palabras como las que
el mismo Lito solía usar. Además no se las tragaba, se las podía entender
mejor. Eso sí, estaba tan acelerado como los otros dos. Seguramente estaban merqueados[3].
De pronto un grito
del acompañante cambió todo. ¡Pará bolú
que están los verdes[4]!
El coche frenó de golpe, giró en seco y se metió de nuevo en el laberinto.
Después, el mismo griterío, otra frenada y una chorrera de puteadas y palabras
ininteligibles mientras el acompañante reventaba a culatazos a Lito que
literalmente se estaba cagando y meando. Frenaron nuevamente, pero esta vez
abrieron las puertas y con un arma entre las costillas lo bajaron al tiempo que
ellos hacían lo mismo. Lito alcanzó a ver gente en las puertas de las casillas.
Algunos miraban con rostros preocupados, otros risueños, la mayoría se metió
adentro corriendo. Mientras, Lito escuchaba un griterío entre sus captores.
Trató de calmarlos. -Tranquilos muchachos... ¿Qué quieren...? Abrió
la billetera y sacó los pesos que llevaba, también los dólares que había
enrollado en la media izquierda. El “Nariz” se los agarró, mientras le gritaba
al “Panza” que le apoyaba el arma en las costillas: ¡boleteálo, boleteálo...! Lito sentía como le temblaba la mano al
“Panza” mientras decía: -¡No loco, no...!
¿Para qué?... Se metió Roby: -hacélo,
hacélo... ¿No ves que ya nos vio las
caras? Aterrado Lito atinó a decir: -Herma...no,
lleváte el auto, pero a mí no me hagas nada, no los voy a denunciar... no soy
buchón... Tengo pibes... Fue peor. -¿Ahh...,
así que no sos buchón, nos querés tomar de giles? Dijo el Nariz... -Ahora porque estás cagado, después, rajás a
batirnos... Sacudíle bolú. Le insistió al Panza. Mientras, Roby apuraba, ¡metéle el cohetazo y rajemos que se nos van
a venir los gendarmes! Lito quiso salir corriendo y escuchó un estruendo
como si el cielo se viniera abajo... sintió un dolor muy fuerte en la
espalda... dio vuelta la cabeza y volvió a decir, ¡no hermano, no...! Comenzó a caer... sentía todo en cámara lenta.
Toda su vida pasaba por su vista como una película... La cara de la vieja
dejándolo en el jardín de infantes, el nacimiento del hermano, las visitas a
Devoto para ver al padre, el frío del patio de la cárcel y el viejo sin
afeitarse tratando de darle explicaciones a la madre que no paraba de llorar.
El primer baile... ¡lo llamaban asalto! El primer levante, la flaca... cuando
conoció a la flaca... las primeras relaciones sexuales... el casamiento, el
nacimiento de Cachito... y la nena... la nena... y Pichin... tan chiquito... Y
cuando bailaba rock todos lo miraban, igual que hoy. Y ahora que le había
tomado el gusto a una cumbia de vez en cuando. ¡Cómo lo divertía el desparpajo
de Los Pibes Chorros! ¡Qué frío, como pesan las piernas...! Que
sueño... los ojos se cierran... Se quedó dormido para siempre.
Mientras, los chorros...
o secuestradores fracasados... vaya a saber, rajaron cada uno para un lado
diferente. Eso sí, el Nariz primero le dio la guita al Roby. No quería “rollos”
con el jefe.
Cuando salió de la
villa, con el gesto de siempre, Roby se arregló la ropa, se pasó el peine, se
limpió las zapatillas contra el Pierre Cardin que llevaba como jean, paró un
taxi y se volvió a su casa en Lomas de San Isidro. Era como las 9. Entró por la
puerta de servicio y trató de subir sin hacer ruido. El padre, como todos los domingos,
ya estaba en el comedor de la cocina desayunando y leyendo Ámbito Financiero. Pegó un grito: -¡Vos no vas a cambiar nunca! Roby hizo
como que no lo había escuchado y siguió su ruta al dormitorio. Se tiró a la
cama, se mandó el Dormicum de 15 y se durmió. Se despertó a las 5 de la tarde.
Se bañó y se fue a darle el parte y la parte al jefe. El comisario estaba con
cara de culo. Lo barajó con un -¡Pero
ustedes son boludos o se hacen! Suerte que lo limpiamos al negro de mierda ese,
que si lo agarran los gendarmes y nos canta, vos y yo perdíamos. Roby no
podía entender. –Jefe: ¿De quien habla?
-¿Cómo de quien, te hacés el pelotudo
vos? Del Panza. ¿De quien va a ser? Lo enganchamos cuando ya tenía a los
gendarmes encima. Suerte que le dimos, sino, nos bate a todos. Roby no lo
podía creer. –No jefe, no, el Panza era
de una, jamás hubiera abierto la boca. –Ah...
así que sos tierno vos, me parece que te va a hacer falta la medicina que le
hicimos tragar al Panza... – ¡No jefe
no, sabe que soy suyo hasta la tumba... mire, aquí está la guita, no tocamos un
peso. Como siempre usted nos da lo nuestro y yo le llevo su parte a los pi...
digo, al Nariz. –Bue... dáme y andáte.
-¿Cómo andáte? -¿Y nuestra parte? -¿De qué me
hablás? ¿Con dos fiambres en el medio, te traés unas monedas y encima me hablás
de parte? ¡Olivá rápido o sos boleta vos también!
Roby se fue pateando
piedras. ¿Qué carajo le decía al Nariz? Seguro que se perseguiría
paranoiqueando una mejicaneada. Los vio de lejos, estaba con su barra. El
Negro, el Polaquito, el Barba, el Ojo. Estaban chupándose unas birras. ¿Iba?
Por ahí lo querían fajar. Se tocó la máquina. Cualquier cosa pelaba. Contó. El
Nariz ni pensó, de un solo botellazo lo durmió. Después habló: -¡Hijo de puta... currar al Nariz! Ayúdenme
que lo tiramo’en la tosquera. Se lo llevaron arrastrándolo como si fuera un
borracho. Don Julio los vio pasar y pensó:
¡Estos pibes cada vez peor! ¡El borracho parece un muerto! En la tosquera,
le ataron al cuerpo un eje del ferrocarril abandonado y lo tiraron.
Después, desde el
celular del Roby le hablaron al padre y le exigieron unos miles de dólares por
el rescate. El viejo no les creyó, pensó que era otra avivada del hijo y los
mandó a la puta que los parió. No quisieron insistir, estaba pesada la calle,
no se habían preparado para la ocasión y los podían cazar. La inseguridad
urbana. ¿Vio?
Sergio
Rodríguez
[1] Publicado en Psyche Navegante Nº 62 - www.psyche-navegante.com
[2] los acentos en las palabras graves
están puestos para darle la cadencia de nuestra “lalengua” porteña.
[3] Argentinismo para describir al que consumió cocaína para el momento
[4] La gendarmería
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